“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos jurado fidelidad.
“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la nación, puesto que desde que el mundo reina no hemos ejecutado sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto habríamos tronado un Rey.
“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos en hacer la paz[26].—Firmado, Juan Francisco, general; Biassou, mariscal de campo; Desprez, Manzeau, Toussaint, Aubert, comisionados ad hoc.”
—Ya ves—añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la memoria palabra por palabra—; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la burla orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y a este precio te concedo la vida.
Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la vida? Rehusé, pues, su oferta.
Pareció sorprenderse.
—¿Cómo es eso?—exclamó—. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?
—Sí—le repliqué.
Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar por un breve espacio, me dijo:
—Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo más que el morir.