—No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!

Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con aspecto melancólico:

—¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!

En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.

Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las caricias que Rask repartía entre su amo y yo, mirándome con desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.

—¡Oh!—exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas que me retenían—. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos execrables lazos!

Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus plantas.

—Compañeros—les dijo—, soltad al prisionero.

XLI

Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez encadenado.