—No es esto solo—repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su cuchillo y ofreciéndomelo—. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.

No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo triste y resignada.

Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot, ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato; y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo. ¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:

—¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte. ¡Defiéndete!

—¡Que me defienda!—replicó asombrado—. ¿Y de quién?

—De mí.

Hizo un ademán de pasmo.

—¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a Rask? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy para contigo como Rask, no te entiendo.

Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:

—Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío, han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada, devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame: cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?