Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos; yo le miré con ferocidad.
—Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho—díjele enfurecido—, y no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.
—¿Qué?—me preguntó.
Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un trueno:
—¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?
A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:
—¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos escuchen.
Su turbación, y tales palabras como tienes razón, encendieron un infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción profunda:
—No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.
Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y añadió enternecido: