—¿Puedo llamarte mi hermano?

Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino exasperarme.

—¡Miserable, ingrato!—exclamé—. ¿Te atreves a recordarme aquellos tiempos?

Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:

—¡No soy yo el ingrato!

—¡Pues bien—le repliqué arrebatado—, habla!, ¿qué has hecho con María?

—En otro lugar, en otro lugar—me contestó—; aquí hay otros oídos que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí, bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en libertad. Vamos a ver a Biassou.

Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega confianza, y, por último, me resolví a seguirle.

XLII

Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio, no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer, gozaba entre los secuaces del levantamiento.