D. Ricardo.—Y el emperador, muy bondadoso; perdonar á ese rebelde de Hernani, cargarle de títulos y unirle en matrimonio con doña Sol. ¡Pardiez! Si el emperador hubiera seguido mi consejo, dábale á él un lecho de piedra y á ella un lecho de pluma.

D. Sancho (Bajo á don Matías.)—De buena gana le daría una estocada á este señor de oropel.

D. Ricardo.—¿Qué estáis diciendo ahí?

(Acercándose.)

D. Matías (Bajo á Sancho.)—No arméis contienda ahora. (Á don Ricardo.) Me recita unos versos del Petrarca á su amada.

D. García.—Señores ¿habéis observado entre las flores, las mujeres y los trajes de colorines, un espectro, que de pié junto á una columna, manchaba la mascarada con su negro dominó?

D. Ricardo.—Sí, pardiez.

D. García.—¿Quién será?

D. Ricardo.—Su estatura, su porte... Sin duda don Pancracio, general de mar.

D. Francisco.—No.