(Quedan solos Hernani y Sol. Las luces se van apagando y muy luégo reina la oscuridad y el silencio.)
ESCENA III
HERNANI, DOÑA SOL
D.ª Sol.—Por fin se van todos.
Hernani (Atrayéndola á sí.)—¡Amor mío!
D.ª Sol (Esquivándole ruborizada.)—Es que... ya es tarde.
Hernani.—¡Ángel mío! Siempre es tarde para estar á solas juntos.
D.ª Sol.—Ya me fatigaba ese ruido. ¿No es verdad que toda esa alegría aturde y ahuyenta la felicidad?
Hernani.—Dices bien. La felicidad, vida mía, es cosa grave; quiere corazones de bronce y lentamente se graba en ellos. El placer la espanta echándole flores; su sonrisa dista menos de llorar que de reir.
D.ª Sol.—Es verdad. (Resistiéndose á seguir á Hernani que quiere llevársela hacia la puerta.) Luégo, luégo.