Hernani.—¡Oh! No soy más que tu esclavo. Bien, permanece aquí; haz lo que quieras... yo no pido nada. Tú sabes lo que haces y para mí aciertas siempre. Reiré ó cantaré, si quieres. El alma se me abrasa... ¡Oh! Dile al volcán que apague sus llamas, y el volcán cerrará su cráter y cubrirá su falda de flores y verde musgo. Porque el gigante está vencido, el Vesubio es esclavo y ¿qué te importa á ti su corazón candente? ¿Quieres flores? Sea: forzoso será que el volcán, ardiendo y todo, se engalane á tus ojos.
D.ª Sol.—¡Qué bondadoso eres con esta pobre mujer, Hernani de mi alma!
Hernani.—¿Qué nombre has pronunciado? ¡Oh! por favor, no me dés ya ese nombre, pues me haces recordar que lo he olvidado todo. Sé que en otro tiempo existía como en sueño un Hernani, cuyos ojos fulguraban como un puñal; un hombre de las sombras y los montes, un proscrito que sólo respiraba odio y venganza, un infeliz que arrastraba por todas partes su anatema; pero yo no conozco á ese Hernani. Yo amo los prados, las flores, los bosques, el canto del ruiseñor; soy don Juan de Aragón, esposo de doña Sol. Soy feliz.
D.ª Sol.—Y yo, y yo. ¡Cuán feliz soy!
Hernani.—¿Qué importan los andrajos que dejé á la puerta? Vuelvo á mi luctuoso palacio y un ángel del Señor me esperaba en el umbral. Entro y pongo en pié sus derribadas columnas, vuelvo á encender el hogar, abro las ventanas, arraso la yerba del pavés del patio; yo no soy ya más que alegría y amor. Que me devuelvan mis torres y castillos, mi penacho, mi asiento en el consejo de Castilla; venga mi doña Sol, honesta y pura, déjennos solos, y demos por pasado lo demás. Nada he visto, nada he dicho, nada he hecho; vuelvo á empezar, lo borro todo, todo lo olvido. Oh prudencia, oh locura, te tengo á ti, te amo y basta á mi felicidad.
D.ª Sol.—¡Qué bien sienta ese collar de oro sobre el terciopelo negro!
Hernani.—Antes que á mí viste al rey con igual traje.
D.ª Sol.—No lo he notado. ¿Ni qué me importa otro hombre? Y luégo si no es el terciopelo ó el raso... No, duque mío; es tu cuello el que sienta bien al collar de oro. (Resistiéndose aún.) Luégo, luégo... Un momento no más. ¿No ves? Estoy alegre y lloro. ¡Cuán feliz soy! Ven á ver tan hermosa noche. (Van á la arcada.) Sólo un instante, duque mío; el tiempo de respirar y ver solamente. Todo se ha extinguido: antorchas y música. Nada más que la noche y nosotros. ¡Felicidad perfecta! ¿No lo crees tú así? Mientras todo duerme, vela amorosamente sobre nosotros la naturaleza: la luna sola en el cielo reposa como nosotros y como nosotros respira el aire embalsamado de las flores. Mira: ni una luz, ni un rumor... todo calla. Há poco, mientras hablabas, el trémulo brillo de la luna y el timbre de tu voz, me llegaban juntos al corazón. Sentíame alegre y tranquila, amor mío, y hubiera querido espirar en aquel momento.
Hernani.—¡Ah! ¿Quién no lo olvidaría todo al encanto de tu voz? Tu palabra es un canto angelical; como á la luz crepuscular de una tarde de verano, ve deslizarse el viajero las márgenes floridas de un río, vaga mi pensamiento por tus melancolías.
D.ª Sol.—Este silencio es harto lúgubre, y demasiado profundo este sosiego. Dime, amor mío, ¿no querrías ver en el fondo una estrella? ¿No quisieras que una voz de la noche tierna y amorosa se alzara de repente y cantara?