El Máscara.—Oremos antes.
Hernani.—¿Para qué?
El Máscara.—¿Qué eliges tú?
Hernani.—El veneno.
El Máscara.—Bien. Dame la mano. (Le presenta un pomo, que Hernani toma temblando.) Bebe y acabemos.
Hernani (Se lleva el pomo á los labios, y luégo lo aparta.)—¡Oh! Por piedad, déjalo para mañana. ¡Oh! si tienes corazón, ó alma siquiera; si no eres un espectro escapado de las llamas, un réprobo, un fantasma ó un demonio; si sabes lo que es la dicha suprema de amar, de tener veinte años y estar recién casado; si alguna vez ha palpitado en tus brazos una mujer amante y amada, espera, espera hasta mañana. Mañana puedes volver.
El Máscara.—¡Mañana! ¡Mañana! ¡Necio! ¿Y qué haría yo esta noche? Morirme. Y ¿quién vendría mañana por ti? No, no; joven, es preciso despachar ahora.
Hernani.—Pues bien, no. Sabré librarme de ti, demonio. No, no te obedezco.
El Máscara.—¡Bien me lo temía! Muy bien. ¿Por qué sagrado juramento te obligaste? ¡Ah! por nada... por la memoria de tu padre. Bien puedes olvidarlo: la juventud es ligera.
Hernani.—¡Ah! ¡Padre, padre mío! Voy á perder el juicio.