D.ª Sol.—No, nada te obliga á morir. No, no puede ser. Es un crimen, un atentado, una locura.

D. Ruy.—Vamos, don Juan de Aragón.

(Hernani va á obedecer. Sol se lo impide.)

Hernani.—Dejadme, doña Sol, es preciso. El duque tiene mi palabra y mi padre me mira desde el cielo.

D.ª Sol (Á don Ruy.)—Antes arrancaríais á una tigre sus cachorros que á mí el amante de mi alma. Todavía no sabéis bien lo que es esta mujer. Por mucho tiempo, compadecida de vuestros sesenta años y respetando vuestras canas, he sido sumisa, mansa y tímida; pero ahora... ahora, ved estos ojos encendidos y fulgurantes de rabia (Sácase del seno un puñal), y ved este puñal. ¡Viejo insensato! Temed cuando los ojos amagan... Soy de la familia, tío...; y así fuera hija vuestra ¡ay de ti, si atentas contra mi esposo! (Tira el puñal y cae de rodillas ante el duque.) ¡Ah! Vedme de hinojos á vuestros piés, y tened piedad de nosotros. ¡Perdón, señor, perdón! Sólo soy una débil mujer; mi fuerza aborta en mi alma y fácilmente flaqueo. ¡Ah! de rodillas os lo ruego; ¡tened piedad de nosotros!

D. Ruy.—¡Doña Sol!

D.ª Sol.—¡Perdonad! El dolor me ha inducido á proferir duras palabras. Perdonad. Vos no sois malo, tío. Compadeceos de nosotros, porque al tocarle á él, me matáis á mí. ¡Le amo tanto!...

D. Ruy.—Tanto le amáis ¿eh?

Hernani.—¡Lloras!

D.ª Sol.—No quiero que mueras, amor mío; no, no lo quiero. (Á don Ruy.) Perdonadle, señor, y yo os amaré á vos también.