D. Ruy.—¡En segundo lugar! Con esos restos de amor... de amistad... menos aún ¿crees apagar la sed que me devora? (Indicando á Hernani.) Él lo es todo; pero yo... ¡brava compasión! ¿Qué he de hacer yo con tu amistad? ¡Oh! él poseería el alma, el amor, el trono, y sólo tendría yo la limosna de una mirada. ¡Vergüenza é irrisión! No; es preciso acabar. Bebe.
Hernani.—Tiene mi palabra y debo cumplirla.
D. Ruy.—¡Vamos!
(Hernani lleva el pomo á los labios. Sol le detiene el brazo.)
D.ª Sol.—¡Aún no..., aún no! Dignaos oirme los dos.
D. Ruy.—El sepulcro está abierto y no puedo esperar.
D.ª Sol.—Un instante, señor; un instante, don Juan. ¡Ah! ¡Cuán crueles sois los dos! ¿Qué es lo que os pido? Un instante no más... es todo cuanto deseo. Permitidme que diga esta pobre mujer lo que tiene en el corazón; permitídmelo por piedad.
D. Ruy (á Hernani).—Tengo prisa.
D.ª Sol.—Pero, me hacéis temblar. ¿Qué os he hecho yo?
Hernani.—¡Ah! Su voz me desgarra el corazón.