D.ª Sol.—¿No debíamos dormir juntos esta noche? ¿Qué importa en qué lecho?
Hernani.—¡Padre mío! Te vengas en mí que te olvidaba.
(Se lleva el pomo á la boca. Sol lo detiene otra vez.)
D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Qué dolores tan extraños! ¡Ah! Tira lejos de ti ese licor funesto... ¡Se extravía mi razón! Detente ¡ay! detente, don Juan mío; ese veneno es vivísimo y engendra en el corazón una hidra de mil dientes que lo roen y devoran. ¡Oh! yo no sabía que se padeciera tanto. ¿Qué es? ¡Ah! fuego. ¡No bebas! ¡Oh! no; padecerías mucho.
Hernani (á don Ruy).—¡Ah! ¡Cuán cruel eres! ¿No podías haber elegido otro veneno para ella?
(Bebe y tira el pomo.)
D.ª Sol.—¿Qué has hecho?
Hernani.—¿Qué has hecho tú?
D.ª Sol.—Ven, ven, amor mío, á mis brazos. (Siéntanse juntos.) ¿No es verdad que se padece horriblemente?
Hernani.—No.