El Rey.—¿No es una mengua que cuando vuestros bellos ojos inflaman todos los corazones, y fuerzan á las damas á que vigilen celosas á sus amantes; cuando príncipes y señores, todos os miran con amoroso anhelo, cuando deslumbráis á la corte con el esplendor de vuestra hermosura, vayáis como astro humilde á lucir en un cielo de provincia despreciando señores y príncipes?

Mad. de Cossé.—Calmaos.

El Rey.—Ah, no. ¡Capricho original!... ¡apagar la luz en medio del baile!

(Entra Mr. de Cossé.)

Mad. de Cossé.—Aquí viene mi celoso, señor.

(Se aparta del rey.)

El Rey.—¡Mal demonio se lo lleve! (Á Triboulet.) No por eso he dejado de echarle á su mujer una tirada de versos. ¿Te ha enseñado Marot los últimos que he compuesto?

Triboulet.—Yo no leo versos vuestros, señor. Los versos de los reyes son siempre muy malos.

El Rey.—¡Qué chusco!

Triboulet.—Pase que los haga la plebe; pero un rey... Á las hermosas cortejadlas vos y que haga Marot los versos. Un rey que versifica abdica.