Triboulet (como continuando una conversación).—¡Sabios en la corte! ¡Rara monstruosidad!
El Rey.—Vé á decir eso á mi hermana de Navarra, que quiere rodearme de sabios.
Triboulet.—Acá para inter nos, yo he bebido menos que Vuestra Majestad. Por consiguiente, señor, para juzgar bien de las cosas en todas sus causas y efectos, tengo sobre vos una ventaja inmensa, y aun dos: no estar alegre, ni ser rey. Antes que sabios, señor, traed aquí la peste, la fiebre... etcétera.
El Rey.—El consejo es un poco ligero. Mi hermana quiere rodearme de sabios.
Triboulet.—Pues para ser vuestra hermana, muy mal os quiere. No hay animal, ni cuervo, ni lobo, ni pájaro, ni buey, ni aun poeta, ni mahometano, ni teólogo, ni regidor flamenco, ni oso, ni perro, más feo, más desgreñado, más repulsivo, más encaperuzado de absurdos, más arisco, más sucio y más lleno de viento que ese asno enalbardado que llaman un sabio. ¿Os faltan placeres, poder, conquistas, mujeres en flor para perfumar vuestros festines?
El Rey.—¡Ah! Mi hermana Margarita me dijo una noche en voz baja que las mujeres no iban á satisfacerme eternamente, y que cuando me hastiara...
Triboulet.—¡Absurda medicina! ¡Recetar sabios á quien se hastía! La reina Margarita, bien lo sabéis, está siempre por los remedios radicales.
El Rey.—Pues bien, ¡fuera sabios!; pero cinco ó seis poetas...
Triboulet.—Señor, siendo vos lo que sois, temería más á un poeta emborronado de rimas, que Belcebú un hisopo empapado en agua bendita.
El Rey.—Cinco ó seis no más.