Triboulet.—No más ¿eh? Pues si esto es toda una recua, una academia, un corral... ¿No tenemos harto y más con Marot, aquí presente, para envenenarnos con otros?

Marot.—Muchas gracias. (Aparte.) Callárase el bufón y le tendría más cuenta.

Triboulet.—Las mujeres, señor, son el cielo, la tierra, todo. Y vos tenéis mujeres. Dejadme en paz y no penséis en los sabios.

El Rey.—No creas tampoco que esa idea me quite el sueño. (Carcajadas en un grupo del fondo.) ¡Hola! Aquellos galanes se burlan de ti.

Triboulet.—No, sino de otro loco. (Se les acerca el bufón y vuelve.)

El Rey.—¡Bah! ¿De quién?

Triboulet.—Del rey.

El Rey.—¿De veras? ¿Y qué dicen?

Triboulet.—Pues dicen que sois un avaro; que no se hace nada por ellos, porque dinero y favores van á parar á Navarra.

El Rey.—Sí, veo allá á Montchenu, Brion y Montmorency.