El Rey.—¿Qué sabes tú de eso?
Triboulet.—Ser amado sólo por corazones deslumbrados y desvanecidos, tanto es como no ser amado.
El Rey.—¿Qué sabes tú si hay en este mundo quien me ame por mí mismo?
Triboulet.—¿Sin conoceros?
El Rey.—Sin conocerme. (Aparte.) Con esto no comprometo á mi beldad del callejón sin salida.
Triboulet.—¿Es villana?
El Rey.—¿Por qué no?
Triboulet (con viveza).—¡Cuidado con ello! Mucho arriesgáis. Los hombres de esta clase suelen ser altivos romanos; cuando se toca á lo suyo quedan en las manos las señales. ¡Cuidado con ello! Contentémonos, locos y reyes, como somos, con las esposas y hermanas de los cortesanos.
El Rey.—Sí, yo me contentaría con la mujer de Cossé.
Triboulet.—Tomáosla.