El hombre.—Mal me juzgáis, caballero; yo soy hombre de espada.

Triboulet (retrocediendo y aparte).—¿Será un ladrón?

El hombre (acercándose y con voz dulzona).—No temáis. Os veo rondar por aquí todas las noches y presumo que tenéis alguna mujer que guardar.

Triboulet (aparte).—¡Diablo! (Alto.) Yo no acostumbro á decir á nadie mis secretos.

(Quiere pasar adelante y el otro le detiene.)

El hombre.—No lo digo, por tanto, sino por vuestro bien. Si me conociérais me trataríais mejor. (Acercándose más.) ¿Ha puesto acaso algún fatuo sus atrevidos ojos en los de vuestra mujer? ¿Estáis celoso?

Triboulet.—Acabemos: ¿qué queréis? (Con impaciencia.)

El hombre (bajo y pronto).—Con sólo una buena propina mataremos al rival.

Triboulet.—¡Ah! ¡Muy bien!

El hombre.—Ya veis que soy un hombre honrado.