Triboulet.—¡Pardiez! Ya lo veo.
El hombre.—Y que os sigo con buenas intenciones.
Triboulet.—Sí, por cierto. Sois un hombre útil.
El hombre (con modestia).—El guardián del honor de las damas de la ciudad.
Triboulet.—¿Y cuánto lleváis por matar á un rival?
El hombre.—Según sea éste y la habilidad que uno tiene.
Triboulet.—Por despachar á un gran señor.
El hombre.—¡Pardiez! Esos no son hembras y van muy bien armados: por consiguiente hay que dar y recibir y arriesga uno el pellejo. Un gran señor es caro.
Triboulet.—¡Caro eh! ¿Acaso los villanos se permiten matarse entre sí?
El hombre.—Ellos se arreglan. Esto es cosa de lujo, sin embargo, lujo que en general sólo se permiten los hombres bien nacidos. Hay quien por una buena suma quiere echársela de caballero y se vale de mí, dándome la mitad antes, y después la otra mitad.