Triboulet.—Comprendo.
El hombre.—Esto se hace sin ruido ni voces, decentemente. Dadme, pues, el encargo y os juro que quedaréis contento. No he puesto tienda y todo se hace sin escándalo, á la sordina. Sobre todo, no soy hombre de puñal, como esos bandidos que se juntan á ocho y diez para el menor empeño; tan corto su valor como su acero. Mirad mi herramienta.
(Saca una espada desmesuradamente larga. Triboulet retrocede con espanto.)
Triboulet.—¡Grande es! Pero no tengo por ahora necesidad de ella; mil gracias.
El hombre (envainando su hierro).—Pues cuando me necesitéis, me encontraréis todos los días á eso de las doce paseándome por delante del hotel del Maine. Me llamo Saltabadil.
Triboulet.—¿Sois gitano?
El hombre.—Y borgoñón.
Gordes (Tomando nota.—Aparte á Pienne.)—Es un hombre precioso, y apunto su nombre.
El hombre.—No por eso penséis mal de mí, caballero.
Triboulet.—No. ¡Qué diablos! de algo hay que comer.