Blanca.—Es preciso.
El Rey.—¿Me amarás mañana?
Blanca.—¿Y vos?
El Rey.—Toda la vida.
Blanca.—¡Ah! Me engañaréis, porque engaño yo á mi padre.
El Rey.—Nunca. Ahora, Blanca, un beso de despedida.
Berarda (aparte).—Es un besucón de mil demonios.
Blanca.—No, no.
(El rey la besa y sigue á la dueña. Blanca queda un momento con los ojos fijos en la puerta por donde han salido, y después los sigue. Entre tanto puéblase la calle de caballeros armados, cubiertos y enmascarados. Ha cerrado la noche. Los caballeros, que han tapado la linterna sorda, se entienden por señas. Un criado los sigue con una escala.)