Blanca.—¡Oh! no... eso es precisamente lo que hace que le ame. Hay hombres que salvan la vida á las mujeres; maridos que las hacen ricas y dignas de envidia. ¿Les aman siempre? Él no me ha hecho á mí más que daño, y yo le amo sin saber por qué. ¡Y ved qué locura!... le amo de tal modo, que con ser él tan cruel y vos tan tierno para mí, lo mismo, padre, lo mismo moriría por él que por vos.

Triboulet.—Eres una niña y te perdono.

Blanca.—Y si él también me ama...

Triboulet.—No, loca, no.

Blanca.—Él mismo me lo dijo y aun me lo juró. Y luégo dice las cosas de un modo que vence y avasalla el corazón. Y es tan gallardo y hermoso...

Triboulet.—¡Es un infame! Y no ha de decir el vil burlador que me robó impunemente mi tesoro.

Blanca.—Le habíais perdonado, padre mío.

Triboulet.—Nunca: necesitaba tiempo para tenderle el lazo y ya está tendido.

Blanca.—Ha pasado un mes y estabais tranquilo é indulgente.

Triboulet.—Lo aparentaba. ¡Oh! Te vengaré, Blanca, te vengaré.