Magdalena (riendo).—¿Palabra de honor?

El Rey (aparte).—¡Qué damisela tan loca y deliciosa!

(La sienta en sus rodillas y hablan bajo. Blanca no pudiendo soportarlo, se retira pálida y temblorosa.)

Triboulet (después de mirarla un instante en silencio).—Y bien ¿qué piensas de la venganza, niña?

Blanca (esforzándose por hablar).—¡Oh! ¡Qué traición! ¡Ingrato!... ¡Dios mío! El corazón se me parte... ¡Cómo me engañaba! Pero ese hombre no tiene alma. Le dice á esa mujer cosas que me había dicho á mí. Eso es abominable. ¡Dios mío!... (Oculta la frente en el seno de su padre.) ¡Y á una mujer tan desvergonzada!... ¡Oh!

Triboulet.—Déjate ahora de llantos. Ahora no hay sino vengarse. Te vengaré... me vengaré.

Blanca.—Haced lo que queráis.

Triboulet.—Así te quiero.

Blanca.—Pero estáis terrible. ¿Qué pensáis hacer?

Triboulet.—Todo está dispuesto. Escucha. Vé á casa, disfrázate de hombre, toma dinero y un caballo y parte, sin detenerte hasta Evreux, á donde te alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay bajo el retrato de tu madre, está el traje de hombre que hice para ti. El caballo está ensillado. Hazlo todo como te lo digo y Dios te guarde. Para nada tienes que volver aquí: guárdate de volver porque va á pasar algo horrible. Vé.