poco vino echa,
echa en el barril.
El Rey.—¡Qué hombros! ¡qué brazos! ¡Pardiez! No sé por qué quien hizo tan bellos brazos puso un corazón de turco en ese cuerpo de Venus.
Magdalena.—¡Larari lararán! ¡Formalidad, que viene mi hermano!
El Rey.—¿Qué importa? (Se oye un trueno lejano.)
Magdalena.—¡Ay, qué miedo!
Saltabadil.—Va á llover á cántaros.
El Rey.—En buen hora. ¡Ni que lluevan chuzos de punta! Yo ya estoy bajo techado, y no me disgusta pasar aquí la noche.
Magdalena (aparte).—¿No os disgusta? ¡Qué tono de rey! (Alto.) Pero, señor, vuestra familia estará cuidadosa.
(Saltabadil le tira de la falda y le hace señas.)