El Rey.—Ni tengo abuela ni hijas, ni apego á nada.

Saltabadil (aparte).—Tanto mejor.

(Comienza á llover. Oscuridad completa.)

El Rey.—Amigo mío, tendrás que acostarte en la caballeriza ó en el infierno, donde quieras.

Saltabadil (saludando).—Muchas gracias.

Magdalena (al Rey en voz baja y rápidamente mientras enciende una luz).—Vete.

El Rey (riendo y en alta voz).—Está lloviendo. ¿Á dónde quieres que vaya con este tiempo en que ni á un poeta se podría negar hospitalidad?

(Va á mirar por la ventana.)

Saltabadil (á Magdalena, enseñándole el dinero recibido).—Déjalo que se quede aquí. ¡Diez escudos de oro! Y muy luégo otros diez. (Al Rey.) Tengo el mayor gusto en ofreceros para esta noche mi aposento.

El Rey (riendo).—Donde en julio se podrá tostar el pan y en diciembre se helarán las palabras ¿eh?