Saltabadil.—Si queréis verlo...
El Rey.—Veámoslo.
(Saltabadil toma la luz. El Rey dice riendo algunas palabras al oído á Magdalena y sigue al asesino al piso superior, quedando abajo la moza.)
Magdalena.—¡Pobre galán! (Va á la ventana.) ¡Oh Dios! ¡Qué oscuridad!
Saltabadil.—He aquí, señor, la cama, la silla y la mesa.
El Rey.—¿Cuántos piés en total? Tres... seis... nueve. ¡Magnífico! Pero, amigo, tus muebles estuvieron sin duda en la batalla de Marignan, según están de lisiados. (Acercándose á la ventana cuyos vidrios están rotos.) Y aquí se duerme al aire libre. Ni puertas ni vidrios en la ventana. Imposible que se trate al viento que quiera entrar con atención más hospitalaria. En fin, buenas noches.
Saltabadil.—Dios os guarde.
(Deja la luz y baja.)
El Rey (quitándose el tahalí).—¡Pardiez! ¡Qué cansado estoy! Voy á dormir un poco para esperar mejor. (Deja sobre la silla el sombrero y la espada, se descalza las botas y se echa sobre la cama.) ¡Qué frescota y alegre es la tal Magdalena!... Sin duda ha dejado abierta la puerta. Esperemos durmiendo.
(Se recoge y un momento después se le ve profundamente dormido. Entre tanto Saltabadil y su hermana departen abajo. La tempestad ha estallado. Magdalena sentada á la mesa se entretiene con alguna labor, mientras su hermano apura la botella que ha dejado el Rey. Ambos guardan silencio por algún tiempo como preocupados de una idea grave.)