Blanca.—¡Cosa terrible! ¡Ah! Voy á perder la razón. Atraído á esta casa, va á pasar aquí la noche y... ¡Ah! Siento que se acerca un supremo instante. Perdonadme, padre mío, si os desobedezco; pero no he podido resistir. (Se acerca á la casa.) ¿Qué irán á hacer? ¿Cómo va á acabar esto?... ¡Ah! ¡yo que antes de ahora, ignorando el porvenir, el mundo y sus azares, vivía escondida con mis flores, verme tan de repente lanzada por tan sombríos caminos!... ¡Ay de mí! Mi virtud, mi felicidad, todo lo perdí, todo es dolor y luto. ¿Sólo esto deja el amor en los corazones que inflama? De todo su incendio ¿no quedan más que cenizas? Nada, el ingrato no me ama ya. (Levantando la cabeza.) Me parecía haber oído al través de mis ideas un pavoroso ruido... Algún trueno. ¡Qué horrible noche! No hay nada á que no se arriesgue una mujer desesperada. ¡Y yo que me asustaba de mi sombra! ¿Qué pasa ahí dentro? (Avanza y retrocede.) ¡Ah! ¡tengo oprimido el corazón!... ¡Como no maten á alguien!...
Saltabadil.—¡Qué tiempo!
Magdalena.—¡Mala noche! ¡Qué llover! ¡Qué tronar!
Saltabadil.—Sin duda riñe el matrimonio en el cielo: el uno rabia y la otra llora.
Blanca.—¡Si mi padre supiera dónde estoy!...
Magdalena.—Hermano.
Blanca.—Creo que hablan.
(Se acerca á la casa y aplica los ojos y los oídos á las hendiduras de la pared.)
Magdalena.—Hermano.
Saltabadil.—Habla.