Saltabadil.—No me repliques, Magdalena. Si te escuchara, no mataríamos á nadie. Compón el saco y no te metas en lo demás.
Blanca.—¡Qué pareja! ¿No es el infierno lo que veo?
Magdalena.—Obedezco... Pero hablemos como buenos hermanos.
Saltabadil.—Enhorabuena.
Magdalena.—¿Le tienes algún odio á ese caballero?
Saltabadil.—¿Yo? Al contrario; es un capitán, y estimo á los hombres de espada... ¡como soy uno de tantos!...
Magdalena.—Pues matar á un real mozo por dar gusto á un maldito jorobado es una necedad.
Saltabadil.—Yo he recibido de un jorobado por matar á un buen mozo, lo cual me importa poco á mí, diez escudos de oro á toca-teja, y recibiré otros diez al entregar el cadáver.
Magdalena y Saltabadil.