Haquin.—Ayer, sin ir más lejos, estaban los cuatro en el cementerio en la habitación de los leprosos. Ellos se ocupaban en hacer un ataúd; ella, bien arremangada, agitaba un vaso, cantando bajo como si arrullara y adormeciera á un niño, y componía un filtro con huesos de muerto.
Swan.—Y esta noche pasada divagaban por ahí. La noche estaba clara y daba en verdad miedo ver á los leprosos enmascarados y á la vieja con su largo velo. Yo estaba desvelado y pude verlos.
Kunz.—Presumo que tienen algún escondrijo en los subterráneos. El otro día se dirigían á un gran muro, taciturnos y malhumorados los cuatro; desvié yo la vista por no estorbar, y cuando miré otra vez, habían desaparecido: se habían deslizado por debajo del muro.
Haquin.—Esos leprosos y hechizados me importunan.
Kunz.—Era junto á la Cueva Perdida.
Herman.—Los leprosos sirven á la que los ha curado;... nada más natural.
Swan.—Pero en vez de los leprosos y del perverso Hatto, á quien debiera curar en el castillo sería á la amable niña, prometida de Hatto, la sobrina del anciano Job.
Kunz.—¿Regina? ¡Dios la bendiga! Es un ángel.
Herman.—Muriéndose está.
Kunz.—Es lástima. El horror á Hatto la mata.