Teudon.—¡Pobre niña!
(Guanhumara atraviesa el fondo del teatro.)
Haquin.—Aquí está otra vez la vieja. Verdaderamente me espanta. Todo en ella, su porte, su tristeza, su mirada penetrante, clara y repulsiva á la vez, su ciencia sin fondo, en la que creo, en verdad me da miedo.
Gondicario.—¡Maldito sea este burgo!
Teudon.—¡Cuidado!
Gondicario.—Á esta galería no vienen nunca nuestros amos; y además están de fiesta y lejos de nosotros. ¿Quién ha de oirnos?
Teudon (bajando la voz é indicando la puerta del castillo).—Allí están los dos.
Gondicario.—¿Quiénes?
Teudon.—Los ancianos, el padre y el hijo. Cuidado, te digo. Excepto Regina, que reza con ellos alguna vez,—lo sé por la nodriza Eduvigis,—excepto ese Otberto, joven aventurero que vino el año pasado á prestar servicio en el castillo y á quien el abuelo, castigado en su descendencia, estima por su lealtad, nadie abre esa puerta ni entra nadie aquí. El anciano está allá solo en su antro. En otro tiempo enviaba carteles de desafío al mundo entero; veinte condes y otros tantos duques, sus hijos, sus nietos, cinco generaciones cuyo reino es la montaña, rodeaban como á un rey al patriarca bandido. Pero ya la edad le ha quebrantado y está fuera de combate. Allá está aislado y triste bajo su dosel de brocado, si bien su hijo el viejo Magno, de pié y respetuoso ante él, le tiene su antigua lanza. Se le pasan los meses enteros en silencio, y por la noche se le ve entrar pálido y abrumado de pesares en un corredor secreto cuya llave él mismo guarda. ¿Á dónde va?
Swan.—Extraños pesares le atormentan.