Haquin.—Sus hijos le pesan como ángeles malos.
Kunz.—Por algo le llaman el Maldito.
Gondicario.—Tanto mejor.
Swan.—Tuvo el último hijo siendo ya muy viejo y amaba á este renuevo. Dios hizo el mundo así: siempre las barbas blancas se inclinan á los cabellos rubios. Apenas tenía el Benjamín un año, cuando le fué robado.
Kunz.—Por una egipcia.
Cinulfo.—Á orillas de un campo de trigo.
Haquin.—Pero yo sé que este burgo construído sobre una cima, después de haber abrigado un gran crimen, quedó muy grande espacio desierto y fué luégo demolido por la Orden Teutónica. En fin, los años y el olvido todo lo borran, y un día el dueño, hombre fantástico, cambió de nombre y volvió. Desde entonces está enarbolada en el castillo esa triste bandera negra.
Swan (á Kunz).—¿No has observado por debajo del torreón redondo que domina el torrente, una ventana estrecha, abierta á pico sobre los fosos, donde se ven tres barrotes torcidos y casi arrancados?
Kunz.—Es la Cueva Perdida, de que hablaba poco há.
Haquin.—¡Qué albergue tan sombrío! Dicen que está habitado por un fantasma.