Carlos.—Sí, pero no olvidéis que el hecho es notorio, que la aventura ocurrió el mes pasado y que han corrido... más de veinte años desde que Barbaroja murió en la cruzada.
Herman.—En hora buena. Tu Max estaba pues en un sitio muy desagradable ¿eh?
Carlos.—Muy lúgubre, Herman, hasta espantoso. Una multitud de siniestros cuervos gira eternamente al rededor de la montaña. Por la noche sus pavorosos graznidos ahuyentan hasta Lautern al cazador. Gotas de agua caían de esta montaña abrupta como lágrimas de un horrible rostro. Una sombría caverna de pavorosa forma se abría en el barranco. El conde Max sin temor alguno á las tinieblas del viejo monte, se arriesgó á entrar en la espantable gruta. Una luz siniestra iluminaba las sombras y en esta media oscuridad andaba, cuando de súbito, bajo una bóveda en lo hondo del subterráneo, vió sentado en un sitial de bronce, con los piés envueltos entre los pliegues de sus ropas, y con un cetro á la derecha y un globo á la izquierda, un anciano espantoso, inmóvil, encorvado, vestido de púrpura, coronado y con espada al cinto. Estábase de codos el anciano sobre una mesa hecha con un peñasco de lava, y bien que Max fuera muy valiente, como que había guerreado al mando de Juan el Batallador, palideció ante el anciano casi hundido en el musgo y la yedra...: era el emperador Federico Barbaroja. Estaba durmiendo á la sazón: su barba, de oro en otro tiempo, blanca entonces, daba tres vueltas á la mesa de piedra; sus largas y también blancas pestañas cerraban sus pesados párpados y su traspasado corazón manaba sangre sobre el rojo escudo. Á veces, inquieto en medio de su sueño, llevaba la mano vagamente á su espada. ¿Qué sueño era aquel que embargaba su alma? Sólo Dios lo sabe.
Herman.—¿Has acabado?
Carlos.—No, escuchad todavía. Á los pasos del conde Max en el sombrío corredor, hubo de despertarse el dormido, levantó su calva frente y fijando en el conde una mirada siniestra:—Caballero, le dijo, ¿se han ido los cuervos?—Señor, no, le contestó el conde. Sin decir una palabra más volvió el anciano á inclinar la cabeza, y Max poseído de espanto vió dormirse otra vez al fantasma emperador.
(Todos los grupos le han escuchado con curiosidad creciente y en particular Josio que se le acercó más que todos al oir el nombre de Barbaroja.)
Herman (echándose á reir).—¡El cuento es sabroso!
Haquin (á Carlos).—Si ha de darse fe á la fama, Federico se ahogó delante de todo el ejército en el Cidno.
Josio.—Sí, se perdió en la corriente; yo lo ví. ¡Oh! Fué cosa terrible y grande: nunca se borra de mi corazón este recuerdo. Otón de Wittelsbach odiaba á Barbaroja; pero cuando vió á su príncipe á discreción de la corriente y que los turcos además le arrojaban sus azagayas, obligó á su caballo á entrar en el río y ofreciéndose solo á las hostilidades: «¡Comencemos, gritó, comencemos por salvar al emperador!»
Herman.—Pero fué en vano.