Guanhumara.—Voy á contarte una breve y triste historia. Érase el año... ¡Cuánto tiempo ha pasado y cuántos han muerto desde entonces! Los que tienen ahora cien años, tenían entonces treinta. Dos amantes estaban allí. (Indicando un ángulo de la cueva.) Era como ahora una noche de Setiembre. Un rayo de luna dibujaba un sudario en la blancura de la pared. (Se vuelve y le indica la pared alumbrada por la luna.) Así. De repente, con la espada en la mano...
Job.—¡Por favor, basta, basta!
Guanhumara.—¿Sabes esta historia? Pues bien, Fosco, el sitio en que Donato cayó muerto es éste. (Indica el banco de piedra.) El brazo del asesino este es. (Le coge el brazo á Job.)
Job.—Mátame también; mátame, pero calla.
Guanhumara.—Por esa ventana... Ven. (Le arrastra á ella.) Por esta ventana, fueron arrojados al torrente el escudero Sfrondati y Donato su señor; y para que pudieran pasar los cuerpos, uno de los verdugos rompió estos tres barrotes con su mano de acero. (Cogiéndole la mano.) Aquella dura mano, hoy impotente, es esta, conde.
Job.—¡Por piedad!
Guanhumara.—Alguien también pedía piedad entonces; una mujer que se retorcía de dolor, mientras sonriendo el asesino la hizo maniatar y con su propia mano le puso al pié la férrea argolla de la esclavitud: mírala. (Se alza la túnica y enseña la anilla remachada á su pié.)
Job.—¡Ginebra!
Guanhumara.—Frente muerta, mano fría, ojos hundidos, sí, mi nombre es bello, en corso, Ginebra. Estos duros países del Norte, han hecho de él Guanhumara; y la edad, ese otro Norte que nos hiela y arruga, convirtió la hermosa joven en lívido espectro. (Álzase el velo.) Vas á morir.
Job.—Gracias, ¡qué beneficio el tuyo!