Job (levantándose horrorizado).—¡Oh Dios! Pero ¿has hecho de él un monstruo, en tu enojo impío, para creer que un hijo quiera matar á su padre?
Guanhumara.—Es Otberto.
Job (juntando las manos en alto).—¡Dios mío, bendito seas! Lo había soñado yo. Pero en su corazón todo es noble; no hay una sombra de mal en su alma inocente y pura. No cuentes con él; no me matará mi Otberto.
Guanhumara.—Escucha. Gozabas tú de la luz del día, mientras yo hacía en las sombras mi camino y no me has visto avanzar en mi rastrero paso. Despierta, Fosco, preso en los anillos de la serpiente. Mientras el emperador robaba tu atención, poco há, estaba yo con Regina, á quien he dado á beber un filtro de poderosa virtud. Mira...
(Entran por el fondo de la galería, por la derecha, dos enmascarados trayendo un ataúd cubierto con un paño negro. Job corre á ellos, que se detienen.)
Job.—¡Un ataúd! (Levanta el paño con temor y ve un rostro pálido.) ¡Regina! (Á Guanhumara.) ¡Monstruo! ¡Tú le has dado la muerte!
Guanhumara.—Aún no. Estoy acostumbrada á estos juegos. Está muerta para todos; para mí sólo dormida. En cuanto yo quiera, despertará.
Job.—¿Qué quieres por despertarla?
Guanhumara.—Tu vida. Otberto lo sabe y él será quien elija. (Extendiendo la mano derecha sobre el féretro.) ¡Juro por el eterno enojo que nos deja el agravio, por la Córcega de cielo dorado y sol devorador, por el frío esqueleto que yace en el torrente, por este seno de sombras que se tragó su sangre... juro que este ataúd no saldrá de aquí vacío! (Los dos encubiertos que llevan el ataúd siguen su camino hacia la izquierda. Á Job.) Él ha de elegir, ó á ti ó á ella. Si quieres huir lejos de ellos, huye en buen hora: entonces morirán los dos que están en mi poder.
Job (tapándose el rostro con las manos).—¡Qué horror!