Guanhumara.—Muere tú, y entonces ellos vivirán.
Job.—Oye... un ruego. Morir es nada: toma mi sangre, toma mi vida; pero no obligues á cometer un crimen á un inocente. Conténtate, mujer, con una sola víctima. Un mundo extraño se revela en mí; ¡oh! mi crimen ha hecho germinar aquí en la sombra, bajo estos montes, un infierno, cuyos demonios voy á remover, horrible nido de serpientes, nacidas de las gotas que de mi puñal cayeron. El asesino es un sembrador que recoge el mal; lo sé. Tú me has cogido en un círculo de hierro. ¿Qué más quieres? ¿No soy tu presa? Es justo, haces bien; te acojo con alegría, maldito en mis hijos, maldito en mis nietos; pero respeta al niño. ¿Quieres que éntre aquí puro, noble y sin mancha y que salga marcado con la horrenda señal que yo, Caín, llevo en la frente? Ginebra, pues que juzgaste bueno arrebatármelo á mí, anciano cuya esperanza era él... No, no te hago aquí ningún reproche... En fin, te lo llevaste y lo conservaste á tu lado, sin hacerle ningún daño al pobre niño ¿no es verdad? Tú viste ¡oh dicha que yo envidio! viste abrirse sus ojos de águila interrogando á la vida, viste cómo su frente buscaba el calor de tu seno, viste nacer su bella alma... Pues bien, es tu hijo también, tuyo como mío... ¡Oh! he sufrido mucho, te lo juro; bien castigado estoy... El día en que me dijeron que el niño se había perdido, creí que deliraba. No te exagero, ya te lo habrán dicho. No pude decir más que estas palabras: «¡Perdido mi hijo!» Pero caí al suelo como muerto. ¡Pobre niño! ¡Cuando pienso en ello!... Estaba jugando entre las rosas. ¿No es verdad? ¡Oh recuerdos que atormentan! Juzga si habré sufrido. Pues bien, no cometas una maldad peor que la mía; no manches esa alma pura y divina. ¡Oh! si sientes latir en tu pecho un corazón...
Guanhumara.—No tengo corazón: me lo arrancaste tú.
Job.—Bien, quiero morir en este oculto sepulcro; pero no por su mano.
Job.—¡Regina!
Guanhumara.—El hermano mató aquí al hermano: el hijo matará aquí al padre.
Job (arrastrándose de rodillas á los piés de su enemiga).—Concede por Dios otra muerte á mi miseria; te lo ruego.
Guanhumara.—¡Ah! ¡maldito! Yo también te rogaba de rodillas, golpeándome el desnudo seno, loca y desesperada. Recuérdalo bien: al levantarme grité en mi despecho: ¡Soy corsa y me vengaré! Y tú te reíste de mi amenaza, y rechazándome con el pié, me contestaste fieramente: «Véngate si puedes.» Pues bien, puedo vengarme, me vengo.
Job.—Mi hijo no te ha agraviado en nada. ¡Perdón! (Llorando.) Piensa en que te amaba y estaba celoso.