Guanhumara.—¡Calla! Es cosa impía que entre tantos crímenes te atrevas á invocar el sagrado nombre de amor. Y bien, devuélveme mi amor, fratricida.
Job (levantándose con sombría resignación).—¿Sabe Otberto que ha de matar á su padre?
Guanhumara.—No. Por salvar á Regina, sin saber tu verdadero nombre, herirá en la sombra.
Job.—¡Otberto! ¡Oh lamentable noche!
Guanhumara.—Sabe lo que un verdugo, que castiga á un criminal, y nada más. Muere encubierto, no hables. Si lo quieres así, te lo permito.
(Se quita el negro velo y se lo tira.)
Job (recogiéndolo).—Gracias.
Guanhumara.—Oigo pasos. Encomiéndate á Dios. Es él. Me retiro; pero lo oiré todo. Tengo á Regina en mi poder. Daos prisa en acabar.
(Sale por el fondo en la dirección que llevó el ataúd.)
Job.—¡Dios justo!