(Cae de rodillas ante el banco de piedra, se cubre la cabeza con el velo y permanece inmóvil en actitud de orar. Entra por la derecha de la galería un hombre vestido de negro y enmascarado como los otros, trayendo en la mano una antorcha. Hace una seña para que éntre alguien que le sigue y aparece Otberto pálido, descompuesto, extraviado. El guía se retira en silencio.)
ESCENA III
JOB, OTBERTO
Otberto.—¿Adónde me han conducido? ¿Qué sombrío lugar es este? (Mirando al rededor.) El enmascarado no está aquí ya. ¿Dónde estoy? ¿Será aquí? Me estremezco... Siento vértigo... (Vislumbrando á Job.) ¿Qué veo allá en la sombra?... Nada: la oscuridad me engaña. (Se adelanta y pone la mano en la cabeza de Job.) ¡Cielos! Es un sér viviente. Me siento helado por el sudor del crimen. ¿Está aquí el cadalso? ¿Es esta la víctima? Desgraciado Fosco, á quien he de inmolar, ¿eres tú?... Contesta... Calla: es él. ¡Oh! Quienquiera que seas, háblame. No te quiero mal, lo ignoro todo... ignoro por qué permaneces inmóvil y por qué no te levantas airado y terrible ante mí. Te soy desconocido como para mí lo eres tú. ¿Conoces á lo menos que mis manos no se hicieron para esto? ¿Conoces que soy instrumento de fiera venganza y de negro castigo? ¿Conoces á Regina, la amada mía, ángel que es la luz de mi alma? Pues envuelta en un sudario, está aquí; muerta, si flaqueo; viva, si mato. Tened piedad de mí, anciano. ¡Oh! habladme; decidme que veis mi turbación y espanto y que me perdonáis vuestro horroroso martirio. Una palabra de perdón, anciano, una sola. ¡Ah! se me parte el corazón.
Job (se levanta y quita el velo).—¡Otberto! ¡Hijo! ¡Hijo mío! (Le abraza.)
Otberto.—¡Ah! ¡Señor!
Job.—Todo mi sér se iba hacia él; era insufrible tortura el silencio. Soy un pobre anciano, flaco, abatido, triste, y no quiero morir sin haberle abrazado. Ven á mi corazón. (Le besa.) Deja, deja que te vea. No lo creerás; aunque he tenido el placer de verte todos los días por espacio de seis meses, no te he visto bien. (Mirándole con embriaguez.) ¡Es la primera vez! ¡Tan mozo!... veinte años. ¡Qué hermoso es! Déjame que bese tu frente y que te contemple á mi sabor. Hablabas ahora y yo guardaba silencio; pero tú mismo ignoras hasta qué punto removían mis entrañas tus palabras. Otberto, encontrarás colgada en mi aposento mi espada: te la doy. Y mi casco y mi pendón tantas veces triunfante, también te los doy, hijo. Quisiera que pudieras ver mi corazón y entonces verías cuánto te amo. ¡Bendito seas! ¡Dios mío! colmadle de beneficios y largos días como á mí, pero menos amargos. Señor, haced que tenga una vida tranquila, ilustre y pomposa, y que numerosos hijos, buenos como su padre, sean el báculo de su vejez.
Otberto.—Señor...
Job (imponiéndole las manos).—¡Cielos y tierra! Yo bendigo á este mancebo en todo lo que ha hecho y en lo que haya de hacer. ¡Sé feliz!... Ahora, Otberto mío, escucha: yo no soy ya ni padre ni rey: mi familia está cautiva y mi castillo cayó. He debido entregarlo todo por salvar Alemania. Pero debo morir... y me tiembla la mano... es preciso ayudarme. (Saca de la vaina el puñal de Otberto y se lo ofrece.) De ti espero este supremo servicio.
Otberto (horrorizado).—¡De mí! ¿Sabéis que busco aquí mismo á alguien?