Job.—Á Fosco: soy yo.

Otberto.—¡Vos! (Retrocediendo.) ¡Espectros que me rodeáis, demonios que nos veis, es él! ¡es el anciano á quien yo amo, honro y respeto! ¡Piedad, compasión de los dos en esta hora suprema!... ¡Silencio espantoso! ¡Dios mío, es el conde Job! ¡Oh! ¡Nunca, jamás levantaré la mano contra ti, oh anciano venerable, semidiós del Rhin! tu cabeza es sagrada.

Job.—¡Ah! Es preciso, Otberto, que me allanes la entrada del sepulcro. ¿He de decírtelo todo? Pues oye: soy un gran criminal. Tu esposa en este mundo y tu hermana en el cielo, Regina, está aquí, pálida, fría, siempre bella. Le prometiste hacerlo todo por ella, salvarla, aunque tuvieras que dar en cambio tu alma á Satanás: así lo prometiste. Pues bien, la muerte tiene levantado su maldito brazo sobre Regina, y cada instante que pasa se condensan más y más sobre su vida las sombras de la muerte. Cumple tu promesa; sálvala.

Otberto (extraviado).—¿Y creéis que debo salvarla á tanta costa?

Job.—¿Puedes dudarlo? Aquí, yo, viejo condenado, á quien todo convida á morir, más bien bandido que héroe, más bien gavilán que águila, cuya vida impura y sanguinaria ha hecho bramar con frecuencia la ira de Dios en el seno de las nubes; allí, inocencia, virtud, juventud, amor, belleza; una mujer que ama, una niña que espera en ti. ¡Qué insensato es el que duda y vacila aún entre el andrajo manchado y sin honor, y la blanca túnica del ángel! Ella quiere vivir y yo morir. ¿Vacilas todavía, cuando de un solo golpe puedes librarnos á los dos?

Otberto.—¡Santo cielo!

Job.—Si nos amas, no vaciles más; hiere, hiéreme. San Segismundo mató á Boleslao para librarle de una úlcera maligna y asquerosa. Y ¿quién lo condena? Otberto, el remordimiento es la úlcera del alma: líbrame del remordimiento.

Otberto (tomando el puñal).—Pero...

Job.—¿Qué te detiene?

Otberto (envainando el cuchillo).—Me ocurre una idea espantosa. Vos tuvisteis en vuestra vejez un hijo, que os robó una gitana. Lo habéis dicho hoy... Y una mujer me robó siendo muy niño. ¡Si fuera yo aquel hijo perdido! ¡Si fuérais vos mi padre!