Job (aparte).—¡Cielos! (Alto.) El dolor te extravía, Otberto. No, tú no eres aquel niño: te lo aseguro.

Otberto.—Sin embargo, me llamáis hijo.

Job.—La costumbre... y luégo es tan dulce esta palabra, porque... bien sabes cuánto te amo.

Otberto.—Siento aquí una voz... (En el corazón.)

Job.—No, no.

Otberto.—Una voz que me dice...

Job.—Esa voz te engaña.

Otberto.—¡Señor! ¡Señor! ¡Si fuera yo vuestro hijo!...

Job.—No lo creas. Puedo probarte... ¿Qué quieres que haga? Unos judíos mataron al niño en un festín, y me fué presentado su cadáver. ¿No te lo he dicho esta mañana?

Otberto.—No.