Job.—Sí, repasa la memoria. No, no eres tú mi hijo, Otberto; créeme. Sin las pruebas que de ello tengo, á mí también pudiera haberme ocurrido la misma idea. Me alegro que la hayas suscitado ahora para arrancarla de tu corazón. Si cuando yo esté muerto, algún impostor te dijere, para turbar tu conciencia, que Job era tu padre, no le dés crédito. ¡Oh sería una infamia en él! No, no eres mi hijo, Otberto mío. En la vejez suele perderse la memoria; pero la noche del sábado, bien lo sabes tú, degüellan algún niño. Así murió mi Jorge. Tengo pruebas de ello; tranquilízate, hijo mío... ¿Ves? Otra vez te llamo hijo... la costumbre... Créeme; la lucha á mi edad es muy ruda. No dudes ni vaciles, obedece sin temor. Ve como beso tu frente y estrecho contra mi corazón la mano que va á herirme, y, sin embargo, quedará pura. Reflexiona, Otberto. ¿Me prestaría yo á tan horrible misterio? Sería preciso suponer... No es posible. En fin, yo te lo aseguro y debes estar convencido ya de ello: no, no eres mi hijo.
La voz (en las sombras).—Regina no puede esperar más de un cuarto de hora.
Otberto.—¡Regina!
Job.—¡Desgraciado! ¿Quieres que muera ella?
Otberto.—¡Dios poderoso! También yo he luchado rudamente y me siento ebrio, loco. En este lugar aborrecible en que los crímenes antiguos se confunden con los nuevos, se me suben á la cabeza los vapores del homicidio y siento que es maléfico el aire que aquí se respira. ¿Tendrá aún sed de sangre este sombrío seno?
Job (poniéndole otra vez el puñal en la mano).—Sí.
Otberto.—¡No me tentéis! Estoy deslizándome al abismo, y apenas puedo detenerme al borde del crimen. Temo dar un paso más, porque caería en él. No me tentéis.
Job.—Hay que salvar á una inocente y castigar á un culpable.
Otberto (tomando el cuchillo).—Pero, ¿no veis que sería capaz de hacerlo? No estoy en mi cabal juicio: me han dado á beber ahí esos enmascarados no sé qué ponzoña para darme fuerza y se me abrasa el corazón. ¡Y Regina se muere! ¡Y la loba está ahí en las tinieblas y tiene hambre y sed!
Job.—Tiempo es ya de expiar mi crimen. Donato me imploraba aquí y fuí impío con él. No tengas tú tampoco piedad de mí. ¡Soy Satanás! ¡Soy el arcángel vencedor!