D. Sancho.—¿Hernani tal vez?
D. Carlos.—Eso, Hernani.
D. Sancho.—Es él.
D. Matías.—Hernani es.
D. Sancho.—¿Y no recordáis su conversación?
D. Carlos (Sin dejar de mirar á la ventana.)—¡Pardiez! No oía nada en aquel maldito armario.
D. Sancho.—Pero, señor, ¿cómo lo soltasteis, teniéndolo ya en vuestras manos?
D. Carlos (Mirándolo fijamente.)—Conde de Monterey, ¿me interrogáis? (Los dos señores retroceden y callan.) Y por otra parte, no es eso lo que más me interesa. Yo voy tras de su amada, no tras él. Estoy verdaderamente enamorado. ¡Qué ojos negros tan hermosos, amigos míos! ¡dos espejos! ¡dos antorchas! De todo el coloquio no oí más que estas palabras: Hasta mañana á la noche. Pero es lo esencial. Ahora mientras ese bandido con cara de galán se entretiene en alguna fechoría, me anticipo yo y le robo la paloma.
D. Ricardo.—Hubiera sido un golpe completo matar á la vez el buitre.
D. Carlos.—¡Buen consejo! Tenéis la mano muy ligera, conde.