Job.—¡Vos, mi hermano!

El emperador.—Ensangrentado, pero con vida aún, me tuviste suspendido fuera de esos barrotes y me dijiste: «¡Tú á la tumba, yo al infierno!» Sólo oí estas palabras pronunciadas sobre el abismo. Después caí.

Job (juntando las manos).—Es verdad. ¡El cielo desbarató mi crimen!

El emperador.—Unos pastores me salvaron.

Job (cayendo de rodillas).—Estoy á tus plantas, convicto y confeso de mi iniquidad. Castígame; véngate.

El emperador.—No, hermano: abracémonos. Nada mejor que perdonar á las puertas del sepulcro. Yo te perdono.

(Lo levanta y abraza.)

Job.—¡Dios misericordioso!

Guanhumara (avanzando).—El puñal cae... Donato vive... Yo puedo espirar á sus piés. Recobrad todos aquí todo lo que amáis, todo lo que había tomado mi mano celosa y vengativa. Tú, Job, á tu hijo Jorge, y tú, Jorge, á Regina, tu esposa.

(Hace una seña y Regina, vestida de blanco, aparece en el fondo de la galería, por la derecha, sostenida por los dos encubiertos. Al ver á Otberto da un grito y corre vacilante á caer en sus brazos.)