D. Sancho.—El secreto de este alcalde consiste en hallarse siempre en el camino del rey.
D. Ricardo.—Haciendo valer mis derechos y mis servicios.
D. García.—Y hasta sus distracciones.
D. Matías.—¿Qué ha sido del viejo duque? ¿Está disponiendo el ataúd?
D. Sancho.—Dejémonos de chanzas, marqués; el viejo es hombre de temple y amaba á doña Sol. Sesenta años tardó en encanecer: un día ha bastado para que encaneciera del todo.
D. García.—Dícese que se ha ido á Zaragoza.
D. Sancho.—¿Querías que trajera á la boda su despecho?
D. Francisco.—¿Y qué hace el emperador?
D. Sancho.—El emperador está hoy triste. Lutero le da en qué pensar.
D. Ricardo.—¡Lutero! ¡Buen asunto de cuidados y penas, que yo acabaría muy pronto con cuatro soldados!