Ascanio.—Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo, emprendió en la misma época, según creo, una peregrinación secreta al monasterio de San Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué.
Jeppo.—Creo que sí. Sin duda fué para separarse del señor Juan Sforza, su segundo marido.
Maffio.—¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo eso?
Jeppo.—Lo ignoro.
Gubetta.—Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en conducir leña á Ripetta por el Tíber.
Maffio (en voz baja á Ascanio).—He ahí á un extranjero que parece mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros mismos.
Ascanio (en voz baja).—Yo desconfío de ese caballero de Belverana; mas no profundicemos la cuestión porque tal vez habría en esto algún peligro.
Jeppo.—¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos! ¿Conocéis algún sér humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre Italia, asolada por la guerra y por los Borgias?
Apóstolo.—Hablando de otra cosa, señores, creo que todos debemos formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al duque de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara?
Oloferno.—Decididamente será pasado mañana. Sin duda sabréis que ya están nombrados los dos embajadores, que son el senador Tiópolo y el general Grimani.