Fabiani.—¿Cómo te llamas?

El hombre.—Sé vuestro nombre, y no conocéis el mío; de modo que por esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la conserve.

Fabiani.—¿Tú sabes mi nombre? No es verdad.

El hombre.—Sí. En Nápoles os llamaban signor Fabiani; en Madrid, don Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil.

Fabiani.—¡Llévete el diablo!

El hombre.—¡Que Dios os guarde!

Fabiani.—Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi nombre cuando paseo por la noche.

El hombre.—Sobre todo cuando vais al sitio en que os esperan.

Fabiani.—¿Qué quieres decir?

El hombre.—¡Si la reina lo supiese!