Fabiani.—No voy á ninguna parte.

El hombre.—Sí, milord; vais á casa de la hermosa Juana, la prometida de Gilberto el cincelador.

Fabiani (aparte).—¡Diablo! ¡éste es un hombre peligroso!

El hombre.—¿Queréis que os diga algo más? Habéis seducido á esa joven, y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa por la noche; ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando.

Fabiani.—¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte? ¿Cuánto deseas?

El hombre.—Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord, ¿queréis que os diga por qué sedujisteis á esa muchacha?

Fabiani.—¡Pardiez! porque estaba enamorado.

El hombre.—No; eso no es cierto.

Fabiani.—¿No estaba yo enamorado de Juana?

El hombre.—Lo mismo que de la reina... En vos no hay amor, sino cálculo.