Fabiani.—¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi conciencia vestida de judío!
El hombre.—Pues os hablaré como vuestra conciencia, milord; escuchad. Sois favorito de la reina, que os ha otorgado la Jarretera, el condado y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues la una es un trapo, la otra una palabra, y la última el derecho de morir decapitado. Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos y rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes de lord Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis de modo que la reina María os los diera. Sin embargo, para que la donación fuese valedera, necesitábase que el lord hubiese muerto sin posteridad; si existía un heredero ó heredera, como Talbot murió por la reina María y por su madre Catalina de Aragón, y atendido que era papista, como aquella soberana, no debía dudarse que esta última os retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para devolverlos, por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot tenía sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron á su padre: llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto. Vuestros espías, sin embargo, descubrieron últimamente que en la noche en que lord Talbot y su partido fueron exterminados por Enrique VIII, se había depositado misteriosamente una niña en casa de un obrero cincelador que vive en el puente de Londres, y que era probable que esta niña, educada bajo el nombre de Juana, fuese realmente Juana Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las pruebas escritas de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos pensado. El inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os pareció muy duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular la joven: un hombre honrado se habría valido de un asesino; pero vos, milord, lo hicisteis mejor: la deshonrasteis.
Fabiani.—¡Insolente!
El hombre.—Vuestra conciencia es la que habla, milord; otro hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y de consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga amantes.
Fabiani (aparte).—Este hombre llega al fondo de todo.
El hombre.—La reina no goza de buena salud; puede morir pronto, y entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba. Las pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer su categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si la reina ha muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida como heredera de Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso; sois un caballero joven, de buen aspecto, os habéis hecho amar de ella, y la pobre muchacha se ha entregado á vos: en el peor caso, os casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro plan; á mí me parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos.
Fabiani.—¡Gracias!
El hombre.—Habéis conducido el asunto con mucha destreza, ocultando vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se refiere á la reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero del país de Somerset, llamado Amyas Pawlett.
Fabiani.—¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho. ¿Qué quieres?
El hombre.—Milord, si alguno tuviera en su poder los papeles que prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la heredera de Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no conservando más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría mucho.