Fabiani.—¡Mi bolsa!

El hombre.—¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía?

Fabiani.—¿Pues qué deseas?

El hombre.—Siempre lleváis encima un pergamino; es una firma en blanco que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona católica conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual fuere. Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot; papel por papel.

Fabiani.—¿Y qué quieres hacer con esa firma en blanco?

El hombre.—¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho cuáles son vuestros asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de los principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas; presto dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría aunque fuese al diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores murió sin haberme pagado; era un antiguo servidor de la familia Talbot, y el pobre hombre, desterrado hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos; la justicia los puso en mi poder, y en ellos encontré una caja que contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot, milord, con toda su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La reina de Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot; y como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo de diez mil marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos. Vine á Inglaterra con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he hecho por mí mismo. De esta manera he averiguado cuánto me convenía, y heme aquí. Tendréis los papeles de Juana Talbot si me dais la firma en blanco de la reina: yo escribiré en el documento que se me conceden diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía alguna cosa, pero no quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os pido la suma, porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros con franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra, debería reaparecer en la entrevista de dos bribones.

Fabiani.—Imposible; no puedo dar esa firma en blanco. ¡Diez mil marcos de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría caer en desgracia, y esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi cabeza.

Gilberto.—¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo...!

El hombre.—¿Qué me importa á mí?