Gilberto.—¡Te digo que mientes! Tú eres lord Clanbrassil, el favorito de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba!
Fabiani.—¡Está visto que todo el mundo me conoce esta noche!... He aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso deshacerse cuanto antes.
Gilberto.—Dime en el acto que has mentido como un bellaco, y que Juana no es tu querida.
Fabiani.—¿Conoces su letra? (Saca un billete del bolsillo.) Lee eso. (Aparte, mientras que Gilberto desdobla convulsivamente el papel.) Importa que éntre en su casa para reñir con Juana, pues así mi gente tendrá tiempo de llegar.
Gilberto (leyendo).—«Estaré sola esta noche; podéis venir...» ¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi prometida, y eres un infame! ¡Vas á darme satisfacción al punto!
Fabiani (echando mano á la espada).—No hay inconveniente. ¿Dónde está tu acero?
Gilberto.—¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no tener espada ni puñal! ¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te asesinaré, miserable!
Fabiani.—Eres muy violento, amigo mío.
Gilberto.—¡Oh! ya me vengaré de ti.
Fabiani.—¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y yo muy alto.