Simón Renard.—Ahora mismo podréis tener una prueba más patente, pues la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad, mandé prenderla en su casa anoche.
La Reina.—Pero ¿no hay ya crimen suficiente para mandar que corten la cabeza á ese hombre, caballero?
Simón Renard.—El haber visitado á una joven de noche no basta, señora. Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho análogo, y Trogmorton fué absuelto.
La Reina.—Por eso castigué á sus jueces.
Simón Renard.—Procurad no veros obligada á proceder lo mismo con los de Fabiani.
La Reina.—¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor?
Simón Renard.—Supongo que Vuestra Majestad sólo quiere vengarse de cierta manera.
La Reina.—De la única que sea digna de mí.
Simón Renard.—Trogmorton fué absuelto, señora; sólo hay un medio, y ya le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí.
La Reina.—¿Hará cuanto yo quiera?