LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD
Gilberto.—¿Ante quién estoy?
Simón Renard.—Ante la reina.
Gilberto.—¿Ante la reina?
La Reina.—Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para asombraros. Vos sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del Támesis, no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña á mí á su vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito disponer de vuestra vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que yo os mandaré decir, sea lo que fuere, sin que haya para vos nada falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni justo ni injusto; sólo debéis ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable que me dejéis obrar, sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello?
Gilberto.—Señora...
La Reina.—Quedarás vengado, pero te prevengo que habrás de morir: esto es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una madre anciana y es necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará: vende tu vida al más alto precio que te sea posible.
Gilberto.—Ya no estoy resuelto á morir, señora.
La Reina.—¿Cómo?
Gilberto.—He reflexionado toda la noche, y nada veo aún claro en este asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero ¿quién me asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado, podría ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana, pues era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la suya, sin reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro, porque no he visto á Juana.